domingo, 11 de enero de 2009

Conociendo al Señor Delgado


"Tal vez el dolor y el vivir sean vicios, y mi afición al alcohol no lo sea. A lo mejor con el alcohol me defiendo del doble vicio del vivir y del dolor".

Felipe Delgado en Felipe Delgado, de Jaime Sáenz.


Más de una vez, mientras caminamos por las calles, sea la ciudad que sea, nuestra existencia se roza con la existencia de algún ente vagabundo, sucio, con un tufo a alcohol de pésima calidad, con el cabello y la barba descuidados y vestido con ropa que a nuestra percepción es simplemente un conglomerado de trapos viejos. La mayoría de las personas quizá sintamos temor ante esas situaciones, o tal vez algo de curiosidad por lo extraño que puede resultar ese personaje, siempre y cuando esté a una distancia prudente. Pero lo más probable es que sintamos pena y compasión por ese ser humano que vive en un purgatorio tan lejano y diferente al paraíso que nosotros aspiramos y al que esperamos llegar algún día antes de morirnos. Sea como sea, es seguro que Jaime Sáenz tenía una percepción muy diferente de esos seres y de lo que es el paraíso. Por eso llevó la vida que llevó y dio a luz a los personajes que acaso no eran una aspiración propia de lo que quería ser, como lo es su más célebre personaje Felipe Delgado, protagonista del libro que lleva el mismo nombre.
Publicada en 1979, siete años antes del fallecimiento de Jaime Sáenz (1921-1986), Felipe Delgado fue una de las últimas obras escritas por el autor y una de las más aclamadas de la literatura boliviana contemporánea. Leer la novela y escribir sobre ella, es leer y escribir sobre la vida de un hombre recorriendo el camino hacia sí mismo, pero al mismo tiempo es descubrir los secretos y misterios de una ciudad fascinantemente peculiar y es entender el sentido de la existencia que el autor tuvo durante su vida.
Jaime Sáenz (1921-1986) fue un poeta y narrador nacido, vivido y muerto en la ciudad boliviana de La Paz. Su vida estuvo marcada por un alcoholismo que lo llevó a sufrir dos crisis de delirium tremens y por un estilo de vida netamente nocturna y poco convencional que ocasionó rechazos en la sociedad paceña de los años cincuenta.
Salvo esporádicas recaídas, logró renunciar al vicio en los sesenta y no volvió a beber hasta antes de su muerte, y aunque los periodos de sobriedad fueron los más fértiles literariamente, leyendo a Sáenz uno intuye que necesariamente tuvo que hundirse en los abismos del alcohol para comprender la vida y sólo entonces, tras renunciar al licor por pura voluntad, consagrarse a la creación literaria.
Su obra abarca la poesía, el ensayo y la narrativa, y se encuentra marcada, al igual que su existencia, de dos preocupaciones esenciales: la muerte y el alcohol; preocupaciones en las que Sáenz busca lo que todos los seres racionales buscamos: la razón de nuestra existencia.
Y Felipe Delgado es en cierta forma la personificación de esa búsqueda compartida por todos pero con una escenografía diferente y peculiar. Es por eso que leer esta novela es indagar en nosotros mismos, en nuestras percepciones sobre lo que somos y sobre lo que queremos ser. Al menos así lo he sentido yo al permitir compartir mi vida con el extraño pero al mismo tiempo muy real protagonista que presenta esta novela.
Con seguridad lo que me sedujo y empujó a leerla no fue lo mismo que me atrapó una vez que comencé con su lectura. Y es que, debido a que el libro sólo tuvo una única edición hace casi treinta años, se convirtió en una especie de mito reservado únicamente para los afortunados que podían contar con una de las copias agotadas ya hace mucho tiempo. Es obvio que para que algo sea merecedor de ser llamado “mito” no solamente requiere cumplir con el requisito de estar desaparecido, sino que debe tener (o haber tenido) algo de extraordinario. Y la vida extraordinaria de Jaime Sáenz y el escuchar y leer sobre uno de los mejores escritores bolivianos y una de las obras más significativas de la literatura boliviana, me llevaron a llenarme de prejuicios, ya sean positivos o negativos, sobre lo que no había leído.
Con tanto misterio alrededor del autor y del libro, y tomando como referencia el período en el que vivió el autor y en el que dio a luz a Felipe Delgado, yo esperaba encontrarme con una novela escrita en un género narrativo complejo y experimental, tal vez parecido al original modo narrativo utilizado por Vargas Llosa en el Perú en La casa verde o La ciudad y los perros o al de Donoso en El obsceno pájaro de la noche en Chile. O quizá esperaba encontrar una novela con mucha influencia costumbrista tomando en cuenta la temática de la narrativa de autores previos a Jaime Sáenz y la influencia que el ambiente costumbrista boliviano llega a tener sobre toda la cultura. En fin, leí el libro como el que lee el Quijote creyendo que es el libro más aburrido del mundo cuando en realidad es todo lo contrario.
Es así que a principios de este año, después de un viaje poco venturoso y mucho más largo de lo planeado, regreso a Bolivia después de un año de ausencia y lo primero que encuentro en una vitrina del aeropuerto de La Paz es una nueva edición de Felpe Delgado a un precio muy asequible casi sonriéndome como si no se hubiera ido nunca, como si no hubiese estado ausente durante más de 28 años. De todas formas tuve que esperar un par de meses más para tenerlo finalmente, pues el momento de nuestro primer encuentro, como ya lo había mencionado, venía yo (¿al igual que él?) de haber pasado por largas y algo extrañas experiencias no planificadas que me dejaron con el dinero suficiente pero no necesario.
Lo primero que me percaté mientras lo leía fue que el lenguaje literario era completamente sencillo, no existía ningún tipo de juego con las formas del lenguaje. Como joven lector eso fue algo que en un principio, de alguna forma, me llegó a decepcionar, puesto que tal vez por mi adolescencia me sentía, y me siento aún, más atraído por las complejidades que pueda encontrar en las cosas, y porque, quizá por lo mismo, hasta ese entonces creía que un buen escritor es aquel que domina las formas de lenguaje de tal forma que puede jugar y hacer con ellas lo que quiera, sin dejar de contar una historia, y aquel que escribe de forma sencilla y llana es un escritor más tirado a lo clásico que a lo contemporáneo. Pero esa percepción sólo me duró una o dos páginas, puesto que a medida que fui avanzando en el libro fui comprendiendo que en realidad un buen escritor no es el que sabe escribir, sino el que sabe vivir y percibe lo que ha vivido desde un punto de vista único y sabe utilizar las herramientas a su alcance para poder sacar aquello de su interior, no para transmitirlo a los demás, sino simplemente para sacárselo de sí mismo porque lo está asfixiando. De igual forma que un verdadero cocinero realiza sus recetas con las ollas y utensilios que tenga a su alcance, concentrado en sacar de sí los sabores que lleva adentro.
Así Felipe Delgado empezó a conquistarme, primero procurando destruir todo lo que yo sabía o creía de él para así mostrarse ante mí tal cual era. Y me encontré con la historia de un ser humano ante su existencia, recorriendo el camino que a todos nos toca recorrer con distinta escenografía: el camino que nos separa de nosotros mismos. Y el camino que Felipe Delgado emprende es un camino extraño, porque extraño en sí es Felipe Delgado. Este camino comienza y termina marcado por los dos aspectos antes mencionados que marcaron la vida y obra de su progenitor de carne y hueso: la muerte y el alcohol. La muerte, aquello que se le presenta desde el día en que nace cuando su madre fallece al darlo a luz y que lo persigue durante toda su vida al ver morir a las personas cercanas a él, es algo que lo obsesiona desde pequeño –cuando una de sus actividades preferidas era visitar la Morgue del hospital general de La Paz–, pero su relación con ella no es de miedo ni de impotencia, sino más bien de admiración e incertidumbre, y encuentra en ella la realización de sí mismo, porque encuentra que la vida no es sólo insuficiente para él, sino innecesaria, porque la vida es lo que lo atormenta, porque, al final de cuentas, el problema de la existencia radica en existir, y ante la vida –relativa, vulnerable a ser medida con esa unidad que llamamos tiempo y altamente inestable y, por ende, irreal– la muerte –absoluta, inmedible y estable por los siglos de los siglos– se alza con toda su majestuosidad. Toda esta percepción sobre su vida y su existencia, no llevan a Felipe Delgado a un estado de depresión, sino más bien de amargura por no poder llegar a ser lo que es. Pero esta amargura se contrarresta con el júbilo, el estado más real que Felipe Delgado puede concebir en la vida. Y el júbilo puede buscarse, sin realmente encontrarse, en todos los rincones de la tierra, o puede consumirse en grandes dosis, regalado en bandeja de plata por los generosos dotes del alcohol. Y es con la afición por el alcohol como Felipe Delgado sobrelleva la vida, porque lo conduce a un estado parecido, según él, al de la muerte. Y esa afición por el alcohol, y esa obsesión por la muerte, son las que lo arrastran por el camino que lo transforma en el Felipe Delgado que todos los que leemos el libro llevaremos dentro de nuestro corazón.
El comienzo de esta transformación es el comienzo de la novela. Felipe Delgado, adolescente de unos 25 años, se encuentra ante la muerte de su padre en La Paz de finales de los años veinte, poco antes del comienzo de la guerra del Chaco (1932-1935). Ante tales circunstancias, Felipe Delgado hereda una considerable suma de dinero ahorrado con esfuerzo por su padre durante toda su vida que lo posiciona en una situación económica y social que le podría permitir realizarse como persona profesional y convencional. Pero la repulsión de Felipe Delgado por el dinero y su ambición por encontrar el sentido de su existencia lo llevan a buscar su verdadera realización, gastando en el comienzo de su búsqueda todo su dinero.
En vida, encuentra la muerte, o lo más parecido a ella, y la encuentra por causalidad, escondida en un rincón oculto de La Paz, dentro de una bodega. Y en aquella bodega encuentra la encarnación de su realización: el aparapita.
Es la bodega el espacio en el que convive con la muerte. En ella encuentra a sus verdaderos amigos, casi todos mayores a los cincuenta años, todos alcohólicos, cada uno un personaje singular y misterioso. Y por ello Felipe Delgado frecuenta la bodega todos los días y llega a fascinarse con ella, porque en ella todos son muerte, todo es nada, todo es absoluto.
Conviven todos en ese espacio, bebiendo enormes cantidades de aguardiente, y comparten el espacio y el aguardiente con unos seres que son la verdadera nada, que durante el día deambulan por las calles y mueven la ciudad con su fuerza inigualable, cargando sobre ellos pesos incalculables, que por las noches se toman la oscuridad y beben con las escasas monedas que han recolectado en el día y que tienen la capacidad de hacer y deshacer, porque son seres libres que viven en lugar de simular que viven, y por ello deciden cuándo sacarse el cuerpo, pues tienen la “sabiduría de matarse por medio de la vida: el medio más natural”. Ellos son los aparapitas; seres misteriosos, seres reales, seres que, según el mismo Jaime Sáenz en su ensayo “El Aparadita de La Paz”, son la ciudad de La Paz misma. Y son los aparapitas la encarnación de lo que Felipe Delgado quiere llegar a ser, porque sabe bien que sacarse el cuerpo es la solución de la vida, porque llevarse dentro de él es lo que lo atormenta, y el aparapita es el único capaz de ello. Pero también sabe que nunca será un aparapita, aunque confeccione su propio saco de aparapita, porque él no puede ser lo que no es.
Desde tales ángulos Felipe Delgado concibe la vida, y es difícil no sentirse atraído por ese modo de ver las cosas. Sea como sea, algo de paradójico tuvo el leer sus andanzas, puesto que, esperando leer la mejor novela escrita en Bolivia, acabé encontrándome a mí mismo en personajes muy singulares y en lugares muy inmundos y cuestionándome cosas en las que jamás había reparado pero que entonces se me hicieron obvias.
Quizá la novela me atrapó porque el mismo Felipe Delgado conocía mi punto débil en ese momento de mi vida, en el que aún sangraban las heridas de una ausencia causada por la muerte, la cual se me manifestó sin previo aviso y sin presentarse, haciéndome caer en cuenta en que en realidad no la conocía, al igual que no conocía y no sabía nada sobre mi existencia ni sobre mi realización ni sobre la realidad en sí, aunque así lo haya creído hasta ese entonces. Y divagué y naufragué en razonamientos de tal magnitud, sin poder explicarme nada, hasta que un día, también sin previo aviso, Felipe Delgado, desde una pequeña bodega escondida en La Paz, completamente borracho, me susurró al oído: ¿No te sorprende pensar que el presente no existe sino en términos de una mezquina realidad, y que el futuro está indisolublemente ligado con la muerte y con la realización de la realidad?
El punto final lo pone la última gota de una botella que vivió dos mil quinientas veintidós palabras.

1 comentario:

  1. hola che :)

    se me ha erizado la piel con aquel susurro, es como si hubieras exorcisado o destilado la esencia en una dosis de alta concentración, muy bueno el ensayo, abrazos xxx

    Lucia

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