miércoles, 18 de noviembre de 2009

Apátrida


APÁTRIDA

Joaquín Rolón Carreras

A Sebastián, el Sapa

Aún cuando el tiempo es una distancia que crece y nos separa contra nuestra voluntad, todavía no ha llegado a ser el suficiente como para no seguir sintiendo esa cercanía y esa sensación de bienestar y de certidumbre que obsequiaba su presencia.

Su voz gruesa, con la que las palabras se independizan en los tonos más bajos, parece parsimoniosa y sensata.

Indignada en algunas conversaciones, alegre y optimista casi siempre y deformada por una risa sin ecos la mayoría de las veces.

Siempre cargada de pasión por lo que dice y llena de un calor hogareño que seduce y envuelve.

Si sus ojos son la ventana de su alma, sus palabras son la puerta de entrada.

Son la sala de estar semi-oscura y cálida, con olor a libro y a vallenatos, en la que se existe gozoso y sosegado.

Su forma de vestir, sencilla y sobria sobre todas las cosas, transmite esa gracia que lo hace ser: preocupado por sí mismo sólo lo suficiente y necesario.

Confiado en todo hasta la frontera de la ingenuidad y entregado a los demás más por placer que por generosidad.

Pero todo él son sus manos.

Largas, con dedos delgados, parecen bruscas y torpes, pero con la torpeza de quien es nuevo en el mundo y es aún transparente e inocente.

Veo una copa de vino tambalearse y equilibrarse en una de ellas, como disfrutando del éxtasis que vive colgando al límite de la catástrofe.

Todo lo que sostiene con sus manos parece correr riesgo, pero al mismo tiempo pareciera que las cosas yacen complacidos entre sus manos, como confiados por la franqueza que los envuelve.

De vez en cuando sus manos parecen temblar levemente, y es en esos instantes en que, al igual que el sonido de su voz cuando calla, uno percibe su alejamiento a mundos desconocidos en los que suele perderse durante pocos segundos y de los que vuelve con la felicidad de quien encuentra a la persona a la que añoraba.

Es con seguridad uno de esos mundos en el que estaba y del cual no pudo ya volver porque no encontró un cuerpo que le responda.

Lo sé porque la última vez que lo vi su voz callaba de una forma ensordecedora y porque dentro del féretro algo vibraba y palpitaba.

De alguna forma, de vez en cuando abandona ese mundo y me visita mientras ordeno y juego con las palabras, dándoles sonidos, colores y formas.

Pero el tiempo me amenaza y me causa terror, porque es la distancia que me separa del mundo en el que lo abandoné y que tarde o temprano se cubrirá con la bruma del olvido.

El tiempo son las aguas en las que, como un expatriado, navego alejándome cada vez más con el dolor del vacío nacido de la certeza de que jamás volveré a pisar la tierra que dejo, de que seré un extranjero por el resto de mis días. Un ciudadano de un país que ya no existe nunca más.

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