Es un horizonte infinito el del árbol de toronja. Un niño ya casi completamente ajeno, con el que quizá aún comparto algo de ingenuidad, pero del que me separan muchos miedos cultivados a lo largo de los años, es consciente de ello.
El aire es sofocante y está tan húmedo que su peso se hace evidente fuera y dentro de los pulmones. Está tan caliente que pareciera demandar a gritos la distancia que el niño y su especie han tomado de la naturaleza: obliga a despojarse de todo atuendo y a admitir la subordinación y lealtad al único reino al que realmente se ha pertenecido siempre. Los insectos y mosquitos son casi una simbiosis del cuerpo, y no tienen más amenazas ni privilegios de las que tiene el niño. El silencio es un conjunto de millones de sonidos de ranas, insectos y aves invisibles. Existe una guerra entre lo terrenal y lo divino: el verde en todas sus tonalidades lucha con el celeste, y desde el suelo pareciera que ha ganado la batalla, por lo menos en sus dominios.
Entre todos los árboles del pequeño chaco, el de toronja es el más imponente y quizá el más amable para ser ascendido. Es generoso con su altura, y por eso es al que más estima el pequeño hombre, al menos en esta época del año en que además de altura brinda cantidades infinitas de toronjas, honradamente dulces y amargas. En otra temporada quizá se inclina más por el mango, de hojas brillosas y alargadas; pero aún cuando es casi tan alto como el de toronja y quizá disfrute más de su fruto, sus ramas son mucho más predecibles y separadas. El laberinto de ramas del árbol de toronja causa ese efecto de grandeza y de infinito que generan las cosas desconocidas e impredecibles.
Quizá la mayor dificultad está al principio. El árbol se divide en dos troncos principales que se separan de un mismo tallo muy cerca del suelo, esa división crea una especie de escalón en el que el niño posa algún pie como primer paso hacia la levitación. Desde ahí las ramas a su alcance son escasas, por lo que no existe mucha libertad de elección y debe adaptarse a las pocas opciones que le ofrece el árbol albergador. En realidad, la única dificultad es la de aguantar el leve y corto aburrimiento de trepar aquellas primeras ramas. Pero a medida en que asciende el tedio lo abandona: la altura es un peligro cada vez más acechante y las decisiones son cada vez más trascendentales; la multiplicación de las ramas va trazando infinitos senderos con infinitos destinos y el mundo se abre lejos de la tierra. Pareciera que el agotamiento es el único límite que el árbol le presenta y siente que aún está lejos de rendirse ante él.
Esta vez se atreve a ir más allá que las anteriores veces. A medida en que las ramas se multiplican también van disminuyendo gradualmente su grosor, por lo que cada paso es precedido de un titubeo que lo retrasa pero no lo detiene. Se siente más liviano que otras veces y se siente más atraído por lo que está sobre él que lo que está por debajo. Cada vez que posa un pie sobre una rama, se sujeta de otras con cada mano, para depender de la mayor cantidad de ramas posible. Sabe que el árbol es generoso y noble, pero para gozar de sus virtudes debe conocerlo y comprenderlo, saber dónde posarse, dónde descansar su peso. A medida en que avanza se va acercando al exterior de la copa, donde las toronjas se hacen más abundantes. Pese a que en un principio decidió subir con la intención de recolectar algunos frutos, ahora lo único que busca es traspasar el verde umbral y descubrir su horizonte. Como conociendo sus intenciones el árbol le ha enseñado el mejor camino, quizá el único que puede sostenerlo hasta esas alturas y conducirlo al exterior. Ha abierto para él su sendero secreto, recóndito y único. Observa una rama y cree que será su último paso; la mide y pesa con la vista; calcula su grosor y su elasticidad y siente que está en el límite, tal vez un poco más pero tal vez un poco menos. Pero en ese punto las fuerzas que lo tiran hacia arriba superan a las de la gravedad. Como consciente del peso del aire, vacía sus pulmones y asciende.
Su cabeza busca la luz entre las hojas sin ayuda de las manos y abandonando el verde útero abre ante sí el cielo cargado de nubes blancas. Las pampas se extienden por todos los puntos cardinales. A lo lejos distingue el túnel de árboles alimentados por el río. El viento es fuerte a esas alturas y lo abraza con una frescura que evapora su sudor. Lo hace tambalear, pero la rama resiste, ha subestimado su fuerza o a sobreestimado su propio peso.
Lo dejaré ahí, colgando de esa débil rama confiado en que podrá sostenerlo eternamente porque su cuerpo ya no crecerá, porque el horizonte del árbol de toronja lo acogerá mientras sepa comprenderlo y aceptarlo.

pucha viejito, que bello tu escrito, tanto asi que hasta me ha hecho sentir que tiene algo escondido, algo dicho entre lineas, no a nadie en particular, pero a ti mismo. Tal vez estoy equivocada, pero es muy tierno, un abrazo, y suerte en tu travesia!
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